EMERGENCIA. El Gobierno declaró la emergencia sanitaria por 90 días por brote de sarampión en 12 regiones, Lima Metropolitana y la Provincia Constitucional del Callao.
El sarampión ha vuelto. Luego de que el Perú fuera declarado país libre de sarampión endémico en el 2016, junto con toda la región de las Américas, el país enfrenta un nuevo rebrote tras registrar algunos casos aislados en los últimos años.
Hasta la semana epidemiológica 19 de 2026, el Perú ha confirmado 216 casos: uno en Lima y 215 en Puno, con focos en Juliaca y San Pedro de Putina Punco. Los principales afectados han sido los niños menores de 12 años, quienes hoy concentran el 42,4% de los casos y han encabezado la lista de contagios durante este rebrote, ya que representaban cerca del 60% de los casos hasta la semana epidemiológica 16.

SIN INMUNIZAR. La mayor cantidad de casos de sarampión se concentran en personas entre los cinco años hasta los 19 años.
Fuente: Minsa
El nuevo rebrote ha llevado a que el Gobierno declare, el pasado 16 de mayo, la emergencia sanitaria por 90 días por brote de sarampión en Lima Metropolitana y a los departamentos de Puno, Arequipa, Cusco, Huancavelica, Moquegua, Amazonas, Loreto, Tacna, Tumbes, Ucayali, Madre de Dios y Apurímac, y la Provincia Constitucional del Callao.
Según el decreto supremo que establece la medida, hay registro confirmado de transmisión local en Puno y riesgo elevado de diseminación en las otras jurisdicciones mencionadas.
Los avances frenaron en 2020
Los medios y los políticos actúan sorprendidos frente a este rebrote, pero la pregunta relevante no es por qué hay casos de sarampión en el país, sino por qué no habría de haberlos.
El sarampión no es una enfermedad cualquiera. Es una de las más contagiosas que existen y, justamente por eso, requiere de medidas de prevención sostenibles.
La evidencia es clara: si se cuenta con las dos dosis de la vacuna SPR (sarampión, paperas y rubéola) y con coberturas de al menos 95%, se puede sostener la inmunidad colectiva o de rebaño. Ese escudo invisible y colectivo protege a los que han recibido la vacuna pero también a aquellos que, por distintos motivos, no han recibido alguna dosis.
El número reproductivo básico (R₀), que calcula a cuántas personas puede potencialmente contagiar alguien con alguna enfermedad infecciosa, es mucho más alto en sarampión que con otras enfermedades. Por ejemplo, mientras el covid-19, incluso en su variante Ómicron, alcanza valores aproximados entre 6 y 10, el sarampión se sitúa entre 12 y 18. Es decir, una persona con sarampión podría potencialmente contagiar a ese número de personas.


DESCENSO. Los gráficos muestran un descenso en la primera y segunda dosis de la vacuna contra el sarampión en Lima Metropolitana y Puno.
Fuente: Minsa
La pandemia de covid-19 fue global y disruptiva, pero, en términos epidemiológicos, el sarampión es aún más eficiente propagándose. Por eso, cualquier descenso en la vacunación tiene efectos más rápidos y más visibles.
A pesar de ello, en 2025, el Perú alcanzó apenas 90,4% en la primera dosis y 82% en la segunda. Es decir, miles de niños quedaron a medio camino y miles más quedaron completamente fuera del sistema. La inmunidad colectiva dejó de ser posible y el virus aprovechó la oportunidad.
Durante años, el Perú construyó una narrativa de éxito en inmunización que no era ficticia. Hubo avances sostenidos hasta que algo se quebró en 2020. La pandemia no solo colapsó hospitales, sino que también interrumpió servicios esenciales, como la vacunación regular.
Se registraron centros de salud cerrados, personal reubicado, familias que dejaron de asistir por miedo o falta de recursos. A esto se sumó la circulación de desinformación y discursos antivacunas, amplificados por redes sociales que, aunque no dominantes, sí encuentran terreno fértil en contextos de desconfianza institucional.
Perú construyó una narrativa de éxito en inmunización que no era ficticia. Hubo avances sostenidos hasta que algo se quebró en 2020.
Sin embargo, el problema no puede explicarse únicamente por la pandemia ni por la desinformación. Los datos muestran una desconexión más estructural.
El presupuesto destinado a intervenciones materno-infantiles,donde se incluye el esquema de inmunizaciones, ha crecido de manera sostenida en los últimos años y alcanzó sus niveles más altos recientemente. Pero la cobertura de vacunación no siguió esa misma trayectoria.
El caso Puno
Al analizar los datos de Puno y Lima Metropolitana, donde se concentran los casos, entre 2020 y 2023 se registraron tasas muy bajas de ambas dosis de SPR, llegando incluso a 61% y 42,1% para la primera y segunda dosis en 2022, respectivamente.
Puno ha estado de manera sostenida, durante los últimos seis años, entre las regiones con las menores tasas de vacunación del país. Los niños que no completaron su esquema de inmunización han conformado una cohorte específica de riesgo; es decir, un grupo de menores más expuesto al contagio y a las complicaciones asociadas al sarampión.
La alerta epidemiológica ante la transmisión local de sarampión en Puno y el riesgo de diseminación a otras zonas del país, emitida por el Ministerio de Salud, estima que el Índice de Riesgo por acúmulo de susceptibles para la primera dosis de SPR en niños de uno a cuatro años, correspondiente al periodo 2022–2025, alcanza 0,70 a nivel nacional. Esto ubica al país en un escenario de riesgo medio, con una población susceptible estimada en más de 290 mil niños.
En términos prácticos, esto significa que existe una acumulación importante de menores sin protección suficiente frente al sarampión, lo que incrementa la probabilidad de brotes y de transmisión sostenida si el virus es introducido en una comunidad.
Para los niños, el riesgo no se limita a presentar fiebre o erupciones cutáneas: el sarampión puede provocar neumonía, encefalitis, hospitalizaciones e incluso la muerte, especialmente en menores con desnutrición o con acceso limitado a servicios de salud.

PREVENCIÓN. El sarampión es una de las enfermedades más contagiosas que existen, por lo que requiere de medidas de prevención sostenibles.
Fuente: Minsa
Para el Estado, esto implica una presión adicional sobre un sistema sanitario frágil, que no solo debe responder a los casos, sino también desplegar cercos epidemiológicos, campañas de vacunación de emergencia, vigilancia activa y estrategias de contención que demandan recursos humanos, logística y financiamiento sostenido.
El contexto regional refuerza esta tendencia. Organismos internacionales han alertado sobre el incremento de casos de sarampión en las Américas, en gran medida asociado a importaciones desde países donde la cobertura también ha disminuido.
Esto favorece la acumulación de personas no vacunadas y, si esta situación se generaliza en una región como Puno o Lima, el virus encuentra las condiciones ideales para propagarse con mayor rapidez.
Los casos recientes provienen de Marruecos, España y Nueva Zelanda. Además, el Minsa ha alertado sobre posibles fuentes de contagio provenientes de Bolivia, Argentina y Estados Unidos, entre otros países. En la mayoría de ellos se ha detectado una cobertura de vacunación por debajo del umbral recomendado del 95%.
En ese escenario, la presencia de grupos de la población no vacunada en el Perú no solo incrementa el riesgo interno, sino también la probabilidad de transmisión sostenida en la que el virus ya no depende únicamente de casos importados, sino que comienza a circular localmente entre personas de las zonas donde se concentran los casos. En ese punto, ya no se trataría solo de un brote, sino de una situación potencialmente permanente.
La presencia de grupos de la población no vacunada en el Perú incrementa el riesgo interno y la probabilidad de transmisión sostenida.
Entonces, no, el rebrote de sarampión no nos tomó por sorpresa. Se veía venir en la caída de coberturas pospandemia, en las brechas territoriales persistentes, en las demoras en la recuperación de los niveles previos de vacunación y en un sistema que reacciona frente a la emergencia que ante la prevención.
La verdadera sorpresa habría sido que el brote no ocurriera. Porque el sarampión no es el problema, sino el síntoma. Y mientras las condiciones que permitieron su regreso sigan intactas, la próxima alerta epidemiológica ya está, silenciosamente, en camino.
Llama la atención, además, que las respuestas siguen concentradas casi exclusivamente en el sector salud. La vacunación infantil también ocurre en escuelas, comunidades y espacios donde el sistema educativo podría cumplir un rol clave.
Sin una estrategia intersectorial que involucre activamente al Ministerio de Educación, el país seguirá reaccionando tarde frente a problemas que, como este, llevan años acumulándose.
Editado por Norka Peralta Liñán